
El ciudadano peruano no llega a las elecciones del 2026 con entusiasmo democrático, sino con un hartazgo histórico. Esta vez, las urnas no son vistas como la simple elección de un gobernante, sino como un «gran filtro de decencia». No se busca un héroe, sino que se exige una limpieza profunda.
El «que se vayan todos» ha evolucionado hacia una demanda mucho más específica. Que el voto popular sirvan para expulsar, de una vez por todas, a los políticos con prontuario y a los cómplices del crimen organizado que se han infiltrado en el Estado.
El altísimo índice de indecisos que vemos hoy no es falta de interés, es un voto de desprecio. Es el rechazo total a una oferta política que huele a rancio. El elector del 2026 tiene el radar encendido y busca dos cosas innegociables: manos limpias y mano dura.
Ya no hay espacio para el «roba pero hace obra», porque hoy la corrupción nos está matando literalmente al permitir que el crimen avance. La gran duda que flota en el aire es si el nuevo Senado será un verdadero filtro de calidad parlamentaria o simplemente un refugio VIP para los mismos rostros que ya fracasaron.
Estamos ante un quiebre de ciclo. El 2026 es la última oportunidad de limpiar el sistema desde adentro antes de que el país termine de hundirse en la anarquía. Los peruanos vamos a ir a votar con una consigna clara: el fin de la impunidad.
Aquellos candidatos que traigan mañas del pasado o mochilas judiciales deben saber que el filtro será implacable. El Perú ya no pide un cambio de nombre, exige un cambio de especie política. Es hora de que las urnas funcionen como una guillotina para la corrupción y un renacer para la autoridad.