
Mientras la atención pública se distrae con la habilitación de candidatos presidenciales, una amenaza silenciosa pero letal se mete hasta el fondo de nuestra economía: el dumping chino. Empresas estatales de la potencia asiática están inundando el mercado peruano con acero a precios artificialmente bajos, una práctica de competencia desleal que busca eliminar a las fábricas nacionales para quedarse con el control absoluto de nuestra materia prima.
Para entenderlo con peras y manzanas, el dumping ocurre cuando una empresa extranjera vende sus productos en el Perú a un precio menor de lo que cuesta fabricarlos o de lo que se vende en su propio país. No es que sean más eficientes, es que hacen trampa.
En el caso del acero, la jugada es perversa. China nos vende la materia prima para fabricar tubos o planchas, pero al mismo tiempo nos envía el producto ya terminado más barato que la materia prima. El objetivo es asfixiar a la industria peruana, obligarla a quebrar y, una vez que no haya competencia local, subir los precios y controlar todo el mercado a su antojo.
La industria del acero no solo se trata de metal, sino que es una columna vertebral para el desarrollo del Perú por varias razones fundamentales. En primer lugar, miles de familias peruanas dependen de los puestos de trabajo directos e indirectos que crea este sector.
Además, nuestra soberanía nacional depende en parte de este mercado. Un país que no produce su propio acero depende totalmente de terceros para construir sus puentes, hospitales y carreteras. Así, significa el motor para la modernización, impulsando la innovación técnica y la capacitación de ingenieros y técnicos peruanos.
Lo que hoy advertimos en Perú ya pasó al costado. La siderúrgica Huachipato, la más importante de Chile, tuvo que suspender sus operaciones de forma indefinida debido al dumping chino. Se comprobó que el acero chino llegaba con un precio un 40% inferior a su valor normal, en productos como las barras de acero y las bolas de acero para molienda. A pesar de las pruebas, la reacción de las autoridades chilenas fue insuficiente y el golpe para la industria de ese país fue devastador.
Así, el gobierno chileno tuvo que poner sobretasas a los productos chinos para evitar el dumping en la industria acerera. Así también lo hizo Brasil y México. Pero lo más indignante es el silencio de las instituciones que deberían protegernos a los peruanos. Mientras Indecopi persigue a pequeños emprendedores por faltas mínimas, en el caso del acero chino no ha dicho «ni pío».
La sospecha de un «arreglo» mediático y político es fuerte. Se sabe que el Partido Comunista Chino ha invitado a líderes políticos, funcionarios e incluso a periodistas de medios locales a viajes de «capacitación» en China con todo pagado. Parece que, tras esos viajes, muchos regresan con la vista gorda, permitiendo que la industria nacional se desangre sin levantar la voz.
El Perú necesita capitales, pero no a costa de entregar nuestra soberanía y el trabajo de nuestra gente. Es hora de exigir que se tomen medidas antidumping urgentes antes de que el «cuento chino» se convierta en nuestra peor pesadilla económica. Inversión sí, pero trampa NO.