Entramos a enero del 2026 y el aire en el Perú no es de esperanza, sino de una duda que quema. Mientras tú te despiertas pensando en cómo llegar vivo a tu casa o cómo estirar el sueldo hasta fin de mes, la clase política está en otra galaxia. Los medios y las encuestas confirman lo que ya sentimos en la calle, el mercado electoral está roto. Tenemos una demanda desesperada por «Orden y Seguridad», pero la oferta que recibimos de los candidatos es un insulto a la inteligencia del peruano.

Lo que se viene en esta elección es una fragmentación diseñada por la izquierda caviar para que nadie tenga fuerza real. Por eso tenemos más de 36 listas, y a pesar de eso, el 50% de los peruanos se refugia en el «No sabe» o el voto blanco. No es que seamos indiferentes, es que el peruano no está buscando un candidato, está buscando un salvavidas, y lo único que ve en la televisión son los mismos rostros de siempre  peleándose por un 10% de migajas en las encuestas.

Estamos caminando directo hacia el abismo del 2021, pero corregido y aumentado. Con tantos candidatos, cualquiera podría pasar a segunda vuelta con apenas un 8% de los votos. Esto es muy peligroso, y significa que podríamos tener, otra vez, un presidente sin apoyo y un Congreso ingobernable desde el primer día.

El riesgo de elegir a un nuevo «Castillo» por descarte es real, porque la izquierda ideológica sabe que en el río revuelto de la fragmentación y la incertidumbre, ellos pueden ganar.

Este 2026, la incertidumbre sobre el futuro se siente en cada esquina. El candidato que no entienda que tiene que trabajar por los peruanos y su seguridad, está fuera de carrera. El peruano ya no quiere promesas, quiere la certeza de que su familia estará a salvo.

El Perú llega a las urnas no para elegir un futuro, sino para intentar sobrevivir a su presente. La incertidumbre que domina este inicio de año no es falta de información, es la certeza de que la clase política no da el ancho. Si el 2021 fue un accidente, el 2026 corre el riesgo de ser un suicidio institucional si no despertamos. Ese 50% de indecisos es una protesta silenciosa que debe convertirse en un grito por un voto inteligente hacia un cambio de ciclo.

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